«Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad».
— Juan Villoro.
Por J. Carlos Clemente
Y Puebla acudió a su liturgia. El Estadio Cuauhtémoc volvió a recibir a la selección de España cuarenta años después de su última visita a Puebla durante el Mundial de 1986. Lo hizo ante 48 mil espectadores que respondieron a la oportunidad de observar a una de las principales candidatas para la próxima Copa del Mundo.
Y en las tribunas hubo un poco de todo. Camisetas del Real Madrid, aunque ninguno de sus futbolistas estuviera convocado; aficionados del Barcelona orgullosos de la generación que hoy sostiene a la selección; seguidores del Athletic Club, de donde proviene buena parte de la identidad reciente del equipo nacional, y una nutrida comunidad española radicada en Puebla que convirtió la noche en una reunión de nostalgias compartidas.
Todos acudieron para ver a una selección que vuelve a llamar a la puerta de la gloria y que llegará al Mundial entre las grandes favoritas.

La expectativa era comprensible. No todos los días una campeona del mundo pisa una cancha mexicana fuera de una competencia oficial. Sin embargo, el ambiente tardó en encontrar temperatura. El sonido local insistió con algunas dinámicas, tres olas recorrieron el inmueble sin demasiada convicción, apareció una versión discreta de Cielito Lindo y las luces de los teléfonos iluminaron el descanso. La mejor función todavía estaba por comenzar.
España no llegó a Puebla a cumplir un compromiso comercial. Llegó a trabajar.
El 3-1 fue la consecuencia natural de una idea de juego ejecutada con disciplina. La posesión española no buscó acumular pases, sino controlar espacios hasta encontrar el momento para acelerar por las bandas. Cuando lo hizo, la velocidad de sus extremos y laterales terminó por romper a un rival que nunca dejó de competir.
La explicación está en una generación que dejó de ser promesa. Pedri, Gavi y Cubarsí ya son protagonistas del futbol europeo y encuentran respaldo en futbolistas como Rodri, Oyarzábal o Borja Iglesias, encargados de aportar equilibrio y liderazgo.

Ni los cambios alteraron el funcionamiento. Cambiaron los nombres, permaneció la idea.
Y aun así quedó la impresión de que su techo competitivo todavía no apareció en Puebla. Las ausencias de Lamine Yamal y Nico Williams privaron al encuentro de dos futbolistas capaces de convertir el dominio en desequilibrio permanente. Ellos agregan vértigo, velocidad y esa capacidad para romper defensas cuando todo parece controlado. Con ambos disponibles, España mostrará una versión mucho más cercana a la que buscará conquistar el Mundial.
Del otro lado apareció un Perú que merece más reconocimiento del que probablemente recibirá.
Cuando una selección superior toma ventaja, muchos rivales dejan de competir. Perú eligió otro camino. Con limitaciones evidentes frente a un rival de primer nivel, mantuvo el orden, compitió durante los noventa minutos y se negó a desempeñar el papel de invitado decorativo. La diferencia futbolística fue clara, pero nunca se tradujo en una renuncia competitiva. Cada balón se disputó con seriedad y cada minuto se jugó con la intención de sostener la dignidad del resultado.

España confirmó que posee argumentos suficientes para ser considerada una de las grandes candidatas al título mundial. Perú recordó que competir con seriedad sigue siendo una virtud incluso cuando las diferencias de calidad son evidentes.
Mientras las tribunas buscaban la manera de encenderse, España ya enviaba un mensaje. En Puebla no disputó un amistoso: presentó su candidatura al Mundial y firmó una declaración de intenciones. @analisistv











