Por Jesús Ramos
Hay renuncias que se anuncian, renuncias que se presentan y renuncias que guardan las cajoneras en secreto. Esas son las interesantes porque no se hacen efectivas. Son renuncias vivas con efectos políticos.
El caso de Olga Lucía Romero Garci-Crespo es de estas últimas. Por meses ha negado públicamente su renuncia a la dirigencia estatal de Morena. Lo hizo con firmeza, ocultando su mentira. Sin embargo, dentro de los círculos del poder poblano se ventila.
Su dimisión sí fue redactada, firmada y entregada, no al partido ni al Comité Ejecutivo Nacional, sino a un alto funcionario del gobierno del estado. La diferencia no es menor si la versión es correcta.
Morena nunca recibió en lo oficial la renuncia porque el destinatario no fue el partido. El documento está a resguardo de quien en los hechos administra las decisiones políticas del régimen. Un cajón de escritorio terminó sustituyendo a la oficialía de partes del partido.
La renuncia de Olga Lucía no llegó sola, fue acompaña de las dimisiones de Guadalupe Siyancán Peregrina, Arturo Graciel López y Carlos Hernández, secretarios morenistas los tres. Ninguna caminó porque Ariadna Montiel las detuvo en seco.
¿Por qué querría irse Olga? La respuesta parece más ideológica que política. Hace tiempo dejó de ser compatible con el grupo dominante, una piedra en el zapato, negrito en el arroz. Su margen de maniobra se redujo a cero y la dirigencia se le convirtió más en una carga que en una plataforma.
Las señales ahí están, la más evidente Pablo Salazar Vicentello, su incorporación paralela a Morena. No llegó a colaborar, llegó a suplantar roles y decisiones.
Las estructuras de Morena en Puebla llevan meses reacomodándose alrededor del grupo en el poder, quien no entra en esa lógica como fue el caso de Olga y los otros tres, termina convertido en espectador, que es el caso.
Olga Lucía no llegará al final de su encargo político como una lideresa real, terminará su camino después de las elecciones del 2027 o incluso antes si gana la encuesta interna de Morena por la alcaldía de la ciudad de Tehuacán.
Vaya paradoja, ese camino tampoco es sencillo, porque Tehuacán representa tanto su origen ciudadano como su mayor desafío electoral, pues una buena parte del electorado mantiene una opinión desfavorable sobre ella por las acciones que fue capaz de cometer por quedarse con la herencia de doña Socorrito Romero.











