Aplausos y elogios: el papel del Legislativo poblano

Por Carlos Clemente

El Congreso del Estado no está para validar discursos optimistas ni para fungir como sala de aplausos del poder Ejecutivo. Su tarea, especialmente en el marco de las comparecencias del gabinete estatal tras el primer informe de gobierno, es clara: exigir cuentas, cuestionar resultados y confrontar cifras con la realidad.

Nada de eso está ocurriendo.

Lo que debería ser un ejercicio de rendición de cuentas, transparencia y diálogo franco entre poderes se ha degradado en una pasarela política para el lucimiento personal de los secretarios de Estado, arropados por una mayoría legislativa complaciente y dócil.

Los diputados de Morena y sus aliados han asumido un papel tristemente conocido: el de zalameros y levantadedos. Lejos de cuestionar, optan por las preguntas cómodas, a modo, diseñadas no para aclarar dudas sino para hacer lucir al compareciente. Un guion pactado que evita incomodidades y protege intereses.

Paradójicamente, los mismos legisladores que desde la oposición criticaron estos vicios, hoy replican exactamente aquello que decían combatir. La LXII Legislatura se ha convertido en el reflejo de los excesos del pasado que tanto denunciaron.

¿Por qué el miedo a las preguntas reales? ¿Por qué evadir los temas incómodos y refugiarse en cifras alegres y narrativas triunfalistas? Los secretarios no son figuras intocables ni invitados de honor: son servidores públicos obligados a rendir cuentas. Para eso fueron designados y para eso cobran.

Si a un año de gobierno los resultados no son satisfactorios, la consecuencia debería ser clara: corregir o abandonar el cargo. Pero en Puebla eso parece impensable cuando el Legislativo es complaciente hasta el hartazgo.

Los diputados locales de la Cuarta Transformación olvidan que no se representan a sí mismos, sino al pueblo que hoy demanda gobiernos de resultados.

El espectáculo alcanza tintes absurdos cuando algunos funcionarios se dan el lujo de llegar acompañados por presidentes municipales, personajes que nada tienen que hacer en esas comparecencias y que, de paso, descuidan sus propias responsabilidades, como si en sus municipios todo marchara de maravilla.

Las comparecencias dejan de ser un ejercicio republicano y se transforman en un acto de simulación política. Así opera hoy la clase política de Morena en Puebla: cómoda, autocomplaciente y alérgica a la crítica.

El problema no es el discurso optimista de los secretarios. El problema es un Congreso que renunció hace mucho a su papel de contrapeso político. @analisistv

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