Por Jesús Ramos
Alrededor del poder municipal de Acatlán de Osorio se ha construido un fuerte dispositivo de seguridad que intimida a la gente. Tres decenas de civiles acompañan a Guadalupe Bárcenas a todo sitio.
Los lugareños afirman que arribaron el lunes en vehículos con placas de Michoacán y Veracruz, también que portan cangureras cruzadas al pecho donde presumen esconden armas.
No son autoridades competentes ni autorizadas, son civiles. Las versiones recogidas entre los manifestantes del plantón ubicado en el edificio del ayuntamiento agregan algo todavía más delicado, son trasladados en los rondines por patrullas municipales.
Fueron vistos identificando domicilios de regidores y ciudadanos inconformes con la alcaldesa Bárcenas. De ser cierto los señalamientos, la gravedad institucional sería enorme y exigiría una investigación urgente con operativo incluido.
La policía estatal aparece y desaparece por días, en jornadas completas no existe presencia visible de ella, vacío que alimenta la incertidumbre y el miedo de una población que observa cómo el conflicto escala y el municipio se calienta por la presencia de gente extraña.
Ningún gobierno llega fortalecido al día cincuenta de un plantón permanente. La crisis política ahora tiene el condimento del temor, mientras la ciudadanía observa con inquietud el arribo de extraños de Michoacán y Veracruz.
Acatlán de Osorio comenzó a caminar esta semana por un sendero peligroso plagado de personas que no son de ahí. Se cumplieron también dos meses que el cabildo solicitó la revocación de mandato con la posibilidad de hacerla efectiva para instaurar un concejo municipal.
El martes pasado se desarrolló una mesa de diálogo conducida por el delegado de Gobernación Ulises Rodríguez. Los resultados fueron los mismos de las ocasiones pasadas. No hubo entendimiento. La gente insiste que Guadalupe Bárcenas debe irse.











