Por Jesús Ramos
En los tiempos de la política moderna hay epidemias raras. No se trata del Covid ni del sarampión, más bien de una enfermedad nueva, selectiva y muy conveniente, la misteriosa pandemia de alcaldes sin patrimonio.
El virus ya contagió a cuatro pacientes en la zona metropolitana de Puebla. Los casos están documentados en sus propias declaraciones patrimoniales firmadas “bajo protesta de decir verdad”, frase que en política suele significar exactamente lo contrario.
Seguimos la pista a la epidemia en San Andrés Cholula con la alcaldesa Guadalupe Cuautle. Según su declaración, vive como una estudiante de universidad, sin casa propia ni auto, es Mundo Tlatehui quien tiene escriturado todo.
Nada tiene ella, ni techo propio ni volante que agarrar. Luego el virus cruzó la pirámide milenaria y se instaló en San Pedro Cholula, donde la alcaldesa Tonantzin Fernández resultó tener exactamente el mismo padecimiento patrimonial. Tampoco casa, coche ni departamento de interés social, ni Tsuru del 97.
Uno imagina entonces la escena cotidiana, las dos alcaldesas saliendo temprano de su depa rentado pidiendo Uber, esperando el taxi negro o subiendo al transporte público para llegar a palacio municipal.
La austeridad republicana en su máxima expresión. Sin embargo, el brote no se quedó ahí. La enfermedad siguió su ruta hacia Huejotzingo, donde el alcalde Roberto Solís Valles también resultó propietario absolutamente de nada.
Ni casa, ni terreno, ni casa de lámina, ni triciclo, motoneta ni Vocho. Y como toda pandemia bien organizada el contagio alcanzó a San Martín Texmelucan, donde el presidente municipal Juan Manuel Alonso reporta el mismito cuadro clínico. Cero propiedades, cero vehículos, cero patrimonio, nada, ni alcancía de cochinito.
Ahora resulta que los cuatro alcaldes de estos municipios gobiernan desde la más pura precariedad inmobiliaria, un milagro sociológico, casos dignos de estudio clínico, porque la política mexicana tiene muchas cosas, pero no alcaldes pobres.
La coincidencia es tan perfecta que parece coreografía, dos edilas y dos ediles, en cuatro municipios distintos, cercanos, afectados por la misma dolencia patrimonial, sin cochera ni predial que pagar.
Uno supone que no es epidemia, sino una estrategia sanitaria ofensiva a la inteligencia de la gente que gobiernan, al SAT y a las conciencias negras, porque si algo ofende más que la pobreza fingida es la ingenuidad que pretenden vender.
La política mexicana tiene muchas máscaras, aunque esa particularmente es graciosa, gobernantes que manejan miles de millones de pesos sin qué manejar ni cuarto propio, especies de monjes franciscanos con tesorería municipal. @analisistv











