Puebla: fin de semana redondo

Por J. Carlos Clemente

La noche en Puebla tuvo de todo: futbol, música norteña, políticos en campaña adelantada y hasta un pequeño recordatorio de que en México seguimos castigando el grito con vetos parciales… aunque no necesariamente con reflexión completa.

El Estadio Cuauhtémoc volvió a vestirse de Selección Mexicana para el amistoso frente a Ghana y, por momentos, el partido pareció una metáfora bastante precisa del país: mucho movimiento en medio campo, intentos de orden, destellos interesantes… y varios personajes tratando de aprovechar el reflector.

México mostró quizá su tramo más consistente en la zona medular. El balón circuló mejor de lo acostumbrado y hubo lapsos donde el equipo dejó de parecer una colección de futbolistas patrocinados por marcas distintas para convertirse, aunque fuera por momentos, en un conjunto reconocible.

Uno de los focos estuvo en el regreso de Edson Álvarez. Ya no llega con el aura de intocable ni con la etiqueta automática de titular, pero sí con esa presencia que estabiliza partidos. Edson entró como quien vuelve a una casa donde todavía conocen su lugar, aunque ya movieron los muebles.

Y luego apareció el momento poblano de la noche.

El gol de Guillermo Martínez, el “Memote”, tuvo sabor a reencuentro emocional con el Cuauhtémoc. El delantero celebró como quien recuerda que no hace mucho corría por esa misma cancha defendiendo los colores del Puebla y sobreviviendo al extraño ecosistema del futbol mexicano, donde puedes pasar de héroe local a préstamo olvidado en cuestión de meses.

El estadio lo reconoció. Porque en Puebla, a los jugadores que sudan la camiseta se les guarda memoria… aunque la directiva luego haga todo lo posible por desarmar cualquier proyecto decente.

Eso sí, el inmueble lució una cicatriz visible: la cabecera parcialmente vetada por los famosos gritos discriminatorios. La imagen resultó peculiar; zonas vacías en un partido de Selección mientras alrededor seguían la fiesta, la cerveza y la selfie patriótica. El futbol mexicano castigando síntomas sin terminar de curar costumbres.

Aunque quizá lo más mexicano de la noche ni siquiera ocurrió en la cancha.

Afuera y en los alrededores del estadio comenzaron a desfilar personajes de la política local repartiendo propaganda con sonrisas tamaño espectacular electoral. Hubo panfletos, promoción personalizada y hasta pancitos “de cortesía”, porque en Puebla la democracia suele servirse acompañada de carbohidratos.

En el medio tiempo apareció Grupo Frontera para amenizar la noche y, de paso, calentar motores rumbo a su concierto del sábado en la ciudad.

Pero quizá lo más rescatable del fin de semana fue la logística.

Mientras en el Cuauhtémoc rodaba el balón, los Pericos de Puebla ganaban con autoridad en el estadio de béisbol y el Auditorio GNP Seguros recibía otro evento masivo. Tres concentraciones enormes en la misma zona de Maravillas y, contra toda tradición de pesimismo poblano, la operación funcionó bastante bien.

Sin caos monumental. Sin colapsos dignos de tendencia nacional. Sin que Puebla terminara convertida en estacionamiento de ocho horas.

Al final, la ciudad entregó una noche extraña pero muy suya: futbol aceptable, nostalgia camotera, música regional, políticos en precampaña disfrazada y miles de personas moviéndose entre estadios y conciertos como si Puebla quisiera recordar que también puede organizar espectáculos grandes sin perder completamente la cabeza.

Y en medio de todo, el “Memote” marcando en el Cuauhtémoc.

A veces el futbol todavía sabe contar historias sencillas. @analisistv

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