Por Jesús Ramos
En política los afectos importan poco, importan los números, y los números cuando son flacos, no se maquillan con discursos de unidad ni con llamados a la hermandad de la izquierda.
Morena Puebla lo sabe y por eso, en el trazo de las elecciones del año entrante, hará lo que los institutos políticos hacen cuando baja el telón de la retórica, sacar la calculadora.
La viabilidad de ir en alianza con el Partido del Trabajo no la medirá en consignas, sino en votos. Y aquí es donde está el problema. El PT en Puebla apenas vale 17 mil sufragios estatales.
No es una fuerza política, es una estadística bastante modesta. Más que aliado es un lastre que pesa y no empuja, cargar con él no suma, estorba. La proyección es todavía más desalentadora. Si en el 2025 se desfondó 18 por ciento, para el 2027 apenas rebasará los 10 mil afiliados.
Digamos que el año entrante será un partido evaporado. La política es cruel, y ya mismo Morena Puebla analizará invitarlo a la mesa o no hacerlo, no tendría por qué aferrarse a quien ya empezó a hundirse.
Siendo fríos, que es como se toman las decisiones serias, Morena perdería más votos de los que ganaría al compartir la boleta con quien viene cayendo desde antes del 2025, incapaz de aportar, por carecer de ellas, estructura y territorio.
A Liz Sánchez le conviene, claro está, caminar de la mano del morenaje, pues es tabla de salvación. Sin el obradorismo, el PT se reduciría a una franquicia testimonial, útil sólo para el recuerdo y la nostalgia.
El partido guinda lo entiende bien, cada diputación, alcaldía y regiduría que se regale al PT será un espacio menos para los cuadros de Morena. Significa eso quitarle oportunidades a su militancia para mantener con respirador artificial a un partido en terapia intensiva.
Las alianzas no se hacen por caridad, se hacen por conveniencia, y cuando un aliado resta más de lo que suma, la decisión se vuelve obvia. En política, como en la vida, hay relaciones que cumplen con su ciclo. @analisistv











