Por Jesús Ramos
Las afirmaciones de Olga Lucía Romero Garci-Crespo no encajan con la realidad, hasta la semana pasada pisaba el acelerador a fondo en Tehuacán para ser candidata a alcaldesa o de jodido a diputada.
Dos reuniones diarias cuando el día era flojo, cuatro cuando el entusiasmo electoral le alcanzaba para dar el extra. Colonias, fraccionamientos, barrios y juntas auxiliares eran el escenario perfecto para sus promociones políticas, algo que no encaja con giras de amistad ciudadana.
Pero algo ocurrió, de pronto, la dirigente estatal de Morena asegura que nuca quiso ser candidata a la presidencia municipal, que tampoco aspiraba a una diputación en el 2027 y que todo aquello que se decía de ella era pura invención colectiva.
La memoria suele ser el peor enemigo de los políticos cuando intentan engañar con la palabra. Reporteros tehuacanenses que siguieron sus recorridos saben perfectamente que sus dichos son mentira, justificantes construidas después de que el tablero cambió.
Para efectos prácticos da igual si Olga se queda o se va de Morena. Desde la muerte de Miguel Barbosa dejó de ser figura determinante en la política poblana, su influencia se redujo al tamaño de una sombra administrativa para distintos gobernadores.
Guillermo Pacheco, Sergio Salomón y ahora Alejandro Armenta, tres administraciones distintas, han tenido que cargar con su herencia incómoda. Ni modo. Por eso la versión que desde el centro del país pararon en seco su relevo, esa hipótesis es buena.
Pero existe otra hipótesis igualmente válida. Y acaso más lógica. Que las mediciones reales revelaron que una candidatura de Olga en Tehuacán representaba más riesgos que beneficios para Morena.
Las campañas tienen la desagradable costumbre de exhibir fortalezas y debilidades que los escritorios esconden. Pregunten eso a Jimmy Natale del Verde y a los políticos, como Alberto Anaya del PT, legisladores vitalicios sin nunca aparecer en las boletas del INE.
De ahí la paradoja de Olga, dentro del partido es un tecito, pero fuera de Morena generaría derrotas. Entre ambos males parecen haberle encontrado el costo menor.
No importa que sea una permanencia decorativa, ese es el verdadero problema de Olga Lucía, no es que sus detractores quieran verla fuera por no representar al grupo en el poder, es que su ausencia de discurso, de narrativa y liderazgo la han convertido en alguien irrelevante en un partido enorme.
Antes de su periplo por Tehuacán para ser candidata no marcaba agenda, tampoco fijaba posición, nunca construyó identidad, no emocionaba ni preocupaba a la oposición. Cuando un político deja de generar expectativas buenas o malas se convierte en paisaje. Si se queda o se va da lo mismo. Es irrelevante. @analisistv











