Por Jesús Ramos
El domingo pasado la gobernabilidad pendió de un hilo tan delgado como la psicosis de la ciudadanía. Allá en Tapalpa, Jalisco, cayó abatido Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, y aquí, como si el eco de los disparos viajara por la autopista, comenzaron los incendios, bloqueos y la humareda del miedo.
La México-Puebla-Veracruz fue tomada por la rabia criminal en los tramos de Santa Rita Tlahuapan, Los Cochinitos y Quecholac. Tres tiendas Oxxos ardieron en la capital. En 12 municipios hubo incidentes con mensajes cifrados. En Tehuacán detuvieron a dos sujetos con explosivos.
El libreto era claro, sembrar la sensación de que el estado retrocedía ante las manifestaciones del crimen organizado. Parecía que al gobierno poblano se le escapaba la gobernabilidad en uno de los momentos más delicados de los últimos años.
Definitivamente no era un domingo cualquiera, era el domingo del golpe mayor contra el capo más poderoso del país. Pero ocurrió algo que no suele reconocerse con facilidad. La reacción fue rápida. Las áreas bloqueadas de la autopista se despejaron.
La violencia no escaló en la Angelópolis como muchos temían. La coordinación entre los tres niveles de gobierno dejó de ser discurso y se convirtió en operación concreta, la capital no se incendió como Roma en tiempos de Nerón.
Puede decirse, sin que sea herejía admitirlo, que Alejandro Armenta y su gabinete respondieron con eficiencia ante una crisis del orden nacional. La exigencia fue alta, la presión brutal, la tentación del caos evidente.
No vimos en Puebla escenas desbordas de violencia como en otros estados donde la reacción criminal fue tremendamente virulenta y prolongada. No sería saludable regatear ese mérito, no lo sería, aunque a algunos les incomode evaluar, analizar y concluir que el gobierno lo hizo bien.
Fue una prueba de fuego, literalmente, y también fue un examen político para verificar, ¿hasta dónde alcanza la capacidad de contención local cuando el epicentro del terremoto se registra en otra entidad?
La respuesta, al menos en esta ocasión fue suficiente, la gobernabilidad no es una medalla permanente sino un equilibrio frágil que exige vigilancia constante y respuesta concreta. El crimen organizado no pidió permiso para incendiar y bloquear, tampoco pedirá permiso para intentarlo de nuevo.
El domingo dejó una lección incómoda y necesaria, el Estado, cuando quiere y puede coordinarse, funciona, la pregunta es si esa coordinación será regla o excepción. @analisistv











