Por Carlos Clemente
Andrés Manuel López Obrador salió de su retiro para hablar desde La Chingada y presentar “Grandeza”: un libro sobre el México antiguo, un video eterno —casi 50 minutos— y, de paso, un mensaje que no aporta novedad alguna. Más que un regreso, fue la repetición del libreto que domina: su verdad histórica, su narrativa personalísima y su intención de seguir marcando el pulso político del país.
El guion es el de siempre: reivindicar su gobierno, elogiar a Sheinbaum y advertir que solo volvería si la “democracia”, la “presidenta” o la “soberanía” estuvieran en riesgo. Una promesa solemne, sí, pero también un pase libre para reaparecer cuando lo considere necesario.
Su retorno no fue un acto espontáneo; fue una jugada meditada. En medio de protestas, cuestionamientos, escándalos de corrupción, violencia y un desgaste institucional evidente, resulta funcional recolocar al fundador de la 4T en el centro simbólico del tablero, aunque sin asumir responsabilidades por las grietas que él mismo dejó abiertas.
El envoltorio cultural —la exaltación de los pueblos originarios— opera como una capa estética para una maniobra plenamente política: mantener viva la figura moral del exmandatario y recordarle al movimiento quién sigue siendo el referente incuestionable.
Porque AMLO no busca vender un libro. Busca fijar agenda. Busca ordenar a la militancia, advertir a la oposición y recordar que el “mesías tropical” —como algunos lo llaman— sigue ahí, listo para intervenir cuando él decida.
Y en ese intento por reescribir su legado, el relato moralizante intenta desplazar los episodios incómodos: desde el huachicol fiscal y la corrupción solapada, hasta las investigaciones sobre permisividad con el crimen organizado. El discurso de “primero los pobres” luce cada vez más desgastado y, frente a la realidad, resulta casi cínico.
El video de 49 minutos cumple su función: no informa, no aclara, no explica. Polariza, ordena, marca territorio. Es, al final, la especialidad de la casa. @noticiasreportero











