Por Carlos Clemente
Mientras desde Palacio Nacional se insiste en la narrativa de un movimiento invencible, las urnas mostraron otra realidad: el PRI y sus aliados arrasaron en los 16 distritos de mayoría y conservaron con amplitud el control político de aquella entidad.
Morena no sólo perdió; fue incapaz de construir una alternativa competitiva en un estado donde apostó recursos, operadores y figuras nacionales. Andy López Beltrán, el principal gran perdedor.
Hay varios factores: un PRI que capitalizó el discurso de seguridad y estabilidad, frente a un Morena que llegó dividido, con conflictos internos, candidatos poco arraigados y una estrategia que nunca logró conectar con las preocupaciones locales.
Incluso, antes de la elección, el partido oficial enfrentaba problemas de organización territorial y falta de cuadros sólidos en Coahuila.
Más allá de las cifras, la derrota exhibe una vulnerabilidad que Morena había tratado de ocultar: su fortaleza depende en gran medida de la popularidad presidencial y del aparato federal, pero cuando enfrenta estructuras locales consolidadas y gobiernos con altos niveles de aprobación, su maquinaria no siempre alcanza.
Coahuila demostró que la marca Morena no garantiza victorias automáticas y que la narrativa de hegemonía tiene grietas visibles.
Rumbo a 2027, la advertencia es clara.
Morena sigue siendo la principal fuerza política del país, pero ya no puede confiar únicamente en la inercia de la Cuarta Transformación.
Necesita mejores candidatos, mayor capacidad de organización y una oferta política que convenza más allá de los programas sociales y la polarización.
Coahuila no cambia el mapa nacional, pero sí anticipa un riesgo: cuando el ciudadano deja de votar por la marca y empieza a evaluar resultados, Morena descubre que también puede perder. @analisistv











