Por Jesús Ramos
Frente a frente cara a cara, a dos de tres caídas sin límite de tiempo, así están dándose con todo Lázaro Jiménez Aquino y Javier Casique trenzados en la hurracarrana invertida por el control del PRI poblano.
La escena es nostalgia pura con algo de tragedia griega, dos viejos conocidos del sistema disputándose un partido que hace años dejó de ser el monstruo de siete cabezas gordas que dominaba Puebla.
Hay que decirlo para ser justos sin atisbo de piedad, ninguno vive de tiempo completo la realidad poblana, Lázaro pasa más tiempo en la Ciudad de México ocupado en su responsabilidad de dirigente del Instituto Jesús Reyes Heroles.
Casique, por su parte, pasa más tiempo en Oaxaca metiéndole el diente a la tlayuda que hincándole el colmillo a la cemita poblana, baila más por allá la Guelaguetza que por acá La cumbia venenosa.
Sin embargo, los dos quieren regresar al terruño, porque una cosa es trabajar fuera y otra muy distinta apropiarse de la plaza. La disputa tiene un ingrediente particular e interesante, ambos son cercanos al “Noroña” priista, Alejandro “Alito” Moreno, los dos presumen su amistad y aseguran tener línea directa.
El problema es que en política las amistades duran hasta que aparece una candidatura, un presupuesto o un cheque millonario pagador de franquicias, ya se verá pues de qué lado masca más hojitas la iguana, porque en este triángulo político hay dos machos alfa y una sola silla.
Lázaro representa la institucionalidad partidista, el discurso académico, la cercanía con lo que queda de las estructuras nacionales, Casique la similitud de un costal de mañas con colmillo largo y precámbrico.
Los dos quieren Puebla aunque se espinen la mano, mientras de lejitos Xitlalic Ceja, Delfina Pozos y Lorenzo Rivera nomás miran. La paradoja resulta inolvidable, las mayores disputas se dan donde menos poder queda. @analisistv











