Por Jesús Ramos
En las tragedias griegas los protagonistas rara vez reconocen su papel hasta que el telón ya cayó, y ayer en el teatro legislativo mexicano, los actores secundarios firmaron el final contrario a los intereses del poder presidencial.
Les llamaran traidores a los diputados del PT y PVEM que decidieron sepultar la Reforma Electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum por más cantado que hubiese estado. La velaron, le rezaron, la cargaron y aventaron al hoyo con los votos suficientes para que no llegara al Senado, rudeza innecesaria.
Olvidaron que la política tiene códigos no escritos que pesan más que cualquier reglamento parlamentario. El primero es la lealtad, el segundo la conveniencia, y cuando ambos se rompen, lo que queda es la sospecha, el encabronamiento.
No sólo votaron contra la iniciativa presidencial, lo hicieron desde la misma trinchera de la oposición, PAN, PRI y MC, es decir, los mismos adversarios a los que la narrativa de la 4T acusa de representar vicios, corrupción y al viejo régimen.
La fotografía legislativa de la jornada fue terrible, aliados de la llamada transformación votando y festejando con quienes, según el catecismo morenista, encarnan todo lo que el movimiento juró erradicar.
En Puebla los reflectores cayeron de inmediato sobre los diputados petistas Nora Merino Escamilla y Toño López, además del verdoso Tony Gali, les calificaron de vende patrias, traidores, ingratos.
Palabras gruesas que en política se usan con ligereza, pero que en esta ocasión tienen destinatarios claros con nombres y apellidos, decidieron salvar dos privilegios que sobreviven desde los tiempos más rancios del sistema político mexicano.
Primero, el financiamiento público de los partidos, segundo, las listas plurinominales, dos prebendas tan antiguas como nocivas para las democracias de avanzada. Sin embargo, Nora, Tony y Toño decidieron protegerlas.
Aquí es donde está la clave del episodio, las alianzas políticas se sostienen sobre dos pilares, la confianza y el interés mutuo. Morena construyó la coalición de la 4T sobre ambos, repartió posiciones, candidaturas, presupuestos y espacios de poder, a cambio, recibió votos y disciplina.
Ayer esa arquitectura crujió, Morena perdió algo más que una votación, perdió la confianza depositada en sus aliados tras la victoria del 2024, talvez también el entusiasmo de seguir alimentando financiera y electoralmente a sus rémoras, vigorizándolos.
La relación del PT y PVEM con la presidenta quedó tocada, por más que ella y ellos intenten minimizarla, en política las derrotas pesan menos que las humillaciones públicas como la de ayer.
Desde luego, hoy todos dirán que no pasó nada, que la alianza sigue intacta, que Morena, PT y PVEM caminarán juntos rumbo al 2027, que se trató apenas de un diferendo, aunque el enojo de Sheinbaum se lo trague en seco.
Habrá que ver qué tipo de alianzas se registran en el 2027, en qué estados, en qué distrito y bajo qué términos. Cuando la desconfianza entra por la puerta, la coalición empieza a salir por la ventana, y del dicho al hecho suele haber mucho trecho. @analisistv











