Por Jesús Ramos
La promesa de Ariadna Montiel fue tan interesante como arriesgada, “sólo candidatos de reputación impecable competirán en las elecciones del 2027”, traducido al castellano, el político que haya metido la mano al cajón y sea corrupto, está fuera, aunque encabece las encuestas.
Si la sentencia fue real, que así hay que tomarla, están fuera los ediles morenistas de Cuautlancingo, Tehuacán, Acatlán de Osorio, Chignahuapan, San Martín Texmelucan y Atlixco, nombres propios de un catálogo de escándalos donde la rendición de cuentas es performance.
El problema no es la excepción, sino la regla que se repite con disciplina monástica, contratos inflados, obras a medio hacer, familiares en nómina, y luego, el paseíllo por la encuesta interna incapaz de lavar pecados.
¿Qué fue lo que le dio contexto al discurso de Ariadna Montiel? El caso de Rubén Rocha Moya obligó a Morena a desempolvar el catecismo anticorrupción, no por ética, sino por necesidad, cuando la casa cruje se barniza la puerta.
Aquí el dilema es menos moral que práctico. Si Morena cumple, es probable que dinamite buena parte de sus candidatos, porque la oferta de Ariadna deja fuera a operadores que acarrean votos, caciques regionales y políticos sinvergüenzas que saben con qué trampas ganar.
Ariadna Montiel dio un discurso bonito en su toma de protesta, populismo puro es cierto, falacias también, pero al mismo tiempo albergó la esperanza en la ciudadanía de ver boletas sin lastres, y ahí mero es donde está la trampa, la vara es tan alta como la desconfianza.
Es cierto que eligió un camino estrecho, o purga falsa, si en el 2027 vemos en la papeleta los rostros de los corruptos y presuntuosos de riquezas inexplicables, quedará como mentirosa. Se lo restregarán en la cara. @analisistv











