Por Jesús Ramos
Si los aspirantes morenistas a la presidencia municipal de Puebla creen que la encuesta será la que, por sí sola, decida quién aparecerá en el recuadro guinda de la boleta del 2027 harían bien en no apostar toda la suerte política a una gráfica porcentual.
No es lo mismo medir que decidir. Morena demostró en la definición de sus 17 coordinadores estatales que las encuestas son parte del formalismo o apariencia democrática, pero no operan aisladas de las decisiones políticas.
Nuevo León, Chihuahua y Tlaxcala son la rendija por la que hay que mirar más allá de los números. En Chihuahua le dieron palo a Adán Augusto López, en Nuevo León a la Tía Tatis y en Tlaxcala a Lorena Cuéllar. Se hicieron encuestas, sin embargo, la valoración fue otra.
Si toda la confianza de Pepe, Abdala, Carvajal, La Bonita, Olivia, Claudia y Artemisa está depositada en las gráficas sería más que ingenuo, usted me entiende. La dirigencia nacional demostró que las mediciones pueden mantenerse en secrecía, pero únicamente si así conviene al partido.
Son los factores de poder los que ponderó Morena y la presidenta Claudia Sheinbaum en la definición de las 17 candidaturas. ¿A qué grupos políticos quiso disminuir? ¿A cuáles otros empoderó? ¿Qué demarcaciones tomó para ella y los suyos?
El nivel de conocimiento de los aspirantes en más de la mitad de los casos no fue considerado en las decisiones recientes. Ahí es donde el dinero de las precampañas se convierte en ruido nada más y las lonas y espectaculares en paisaje urbano.
La decisión morenista sobre Puebla capital se resolverá en una ecuación no sólo estadística, de estructuras electorales y equilibrios internos, sino de grupos de poder local con vasos comunicantes hacia Palacio Nacional.











