Por Carlos Clemente
Lo que comenzó como una exigencia legítima terminó convertido en un conflicto abierto. Estudiantes de Estomatología del Campus Regional Sur de la BUAP, en Tehuacán, levantaron la voz para pedir algo elemental: equipo suficiente, laboratorios funcionales, condiciones dignas para aprender y un trato respetuoso hacia alumnos y docentes.
No pedían privilegios. Pedían lo mínimo para formarse como profesionales de la salud.
La respuesta institucional fue desproporcionada. En lugar de abrir mesas de diálogo, la autoridad académica —encabezada por Saúl Sánchez Alcántara— optó por llamar a la Policía e intentar el desalojo. El mensaje fue claro: antes que escuchar, contener; antes que atender, intimidar.
La decisión no desactivó la protesta. La incendió.
El intento de represión derivó en un zafarrancho y, finalmente, en la toma del plantel. Hoy, la Facultad de Estomatología permanece en paro, y la crisis ya no es sólo por falta de insumos. Escaló a un conflicto mayor que exhibe denuncias más graves: señalamientos de hostigamiento y acoso contra alumnas cuyas quejas —según los propios estudiantes— han sido ignoradas, además de un presunto desvío de recursos que exige transparencia inmediata.
A ello se suma lo más preocupante: la amenaza directa de cesar a quienes participen en el movimiento. Si se confirma, no sería una salida institucional, sino un intento de sofocar la inconformidad por la vía del miedo.
En el fondo, el problema es sencillo: estudiantes sin materiales suficientes para prácticas clínicas, laboratorios limitados y una administración que, en vez de asumir errores, decidió atrincherarse.
La BUAP es una institución de prestigio y compromiso social. Hoy tiene la oportunidad de demostrarlo. La intervención de las autoridades centrales no sólo es necesaria, es urgente. No para castigar la protesta, sino para atender sus causas.
Porque cuando en una universidad pública se responde a las demandas académicas con patrullas y amenazas, el problema ya no es de infraestructura. Es de gobernabilidad.
Y las universidades no están para callar voces, sino para formarlas. @analisistv












