Por Jesús Ramos
En San Andrés Cholula el pecho del empleado del ayuntamiento no es bodega, nadie compra la discreción repentina, nadie entiende por qué la muerte de la directora de egresos fue escondida como si se tratara de un expediente ultra secreto.
Se llamaba Esmeralda, no era una trabajadora cualquiera que sacara copias, sellara oficios y acomodara carpetas, era directora del dinero de la tesorería municipal, la mujer que conocía el camino de los billetes y cheques. La misma que veía entrar y salir millones.
Esmeralda se encargaba hasta la semana pasada de distribuir y justificar el presupuesto de un gobierno que este año ejercerá más de mil millones de pesos. En términos simples, sabía demasiado. Y murió.
La versión conocida apunta al suicidio, pero cuando un gobierno municipal decide ocultar una muerte, automáticamente se convierte en tragedia e incluso asunto político. Es ahí donde inicia el problema para Guadalupe Cuautle.
No hubo esquela pública ni condolencias de rigor, no hubo mensaje de la presidenta municipal lamentando el hecho, nada, como si Esmeralda jamás hubiera existido y no lo mereciera, como si la funcionaria responsable del gasto público fuera un fantasma administrativo.
Y claro, el vacío se lleno de especulaciones, las mismas oficinas comenzaron a hervir, el personal recaudador murmura de todo, desde presiones, órdenes comprometedoras, chanchullos, negocios turbios, desvíos que debían maquillarse, instrucciones para ocultar movimientos.
Incluso hablan de cosas todavía más oscuras, son versiones sí, rumores de pasillo, conjeturas nacidas del miedo y del morbo, pero los rumores nacen cuando el poder decide esconder defunciones en vez de lamentarlas públicamente. Ese es el error de Lupita Cuautle.
Si realmente no había nada que ocultar, lo elemental era actuar con transparencia y humanidad, una esquela, un posicionamiento, un arreglo floral, un mensaje de respeto y agradecimiento, cualquier cosa que desmontara sospechas, pero Lupita eligió el mutismo, actitud que nunca es neutral.
Más delicado aún resulta el perfil de Esmeralda, quien administraba egresos conocía contratos, licitaciones amañadas, transferencias, empresas favoritas, obras infladas y caprichos presupuestales, conocía las entrañas del gobierno municipal, por eso cuando alguien muere inesperadamente y el gobierno silencia, las dudas dejan de ser chisme y se convierten en quehacer público.
En México estamos acostumbrados a que los gobiernos maquillen auditorías y escondan facturas, pero ocultar la muerte de una alta funcionaria de alto nivel revela miedo, y cuando ese gobierno promueve el silencio, la sociedad se pregunta, qué demonios está ocultando. @analisistv











