Por Jesús Ramos
En política no existen los enemigos irreconciliables, pero sí el teatro. Si Alejandro Armenta e Ignacio Mier están dispuestos a coincidir en espacios sociales y eventos públicos, a estrecharse la mano sin que les tiemble el pulso o a conversar a solas, entonces están dispuestos a negociar todo acuerdo posible. Así de simple.
Las presunciones de diferencias entre ambos son de dominio público. Unos las exageran, otros las celebran, algunos las explotan como si fueran acciones en la bolsa. Poco importa quién las exhiba con mayor frecuencia y las sobredimensione.
Lo sustancial es que ambos son políticos profesionales. Y el político profesional no se enamora de sus pleitos, los administra para sacarles réditos futuros. Circularon imágenes del cumpleaños de Manuel Bartlett en casa de Carlos Meza.
En ellas no se observa tensión sino sonrisas. No se percibe olor a pólvora sino conversación. Dos hombres que, según la narrativa dominante, deberían evitarse, mirarse feo, gesticular en sus encuentros, sin embargo, aparecen practicando el oficio de la política.
Al centro la figura de Bartlet. Los de análisis simple argumentan que porque fue su maestro. Bien pudo haber sido Melquiades Morales o cualquier otra amistad compartida. Cuando existen puentes, los ríos dejan de ser obstáculos. Siempre hay un anfitrión dispuesto a prestar su sala para lo que en público sería imposible.
Conviene recordarlo. Cuando se agota la política inicia la guerra. Y en esa imagen no vimos guerra, vimos política. Vimos cálculo. Vimos la comprensión tácita de que el 2030 no es una fecha fatídica sino una variable negociable.
Asegurar que la sucesión los separa y los enfrenta de manera irreversible es una tontera fenomenal. Si pudieron coincidir bajo el pretexto de Bartlett podrán hacerlo bajo cualquier otro pretexto local o nacional. Los políticos no necesitan razones profundas para dialogar, les basta la conveniencia.
Se sabe y se repite en momentos como este. En política las derrotas no son eternas, las victorias tampoco, menos los enojos. El resentimiento es un lujo que sólo pueden darse los amateurs, los profesionales prefieren el acuerdo.
Quizá mañana vuelvan los mensajes cifrados, las declaraciones punzantes y los guiños a sus respectivas clientelas. Es parte del libreto. Pero la escena del cumpleaños deja una enseñanza elemental, quién se sienta a la mesa del diálogo no está dispuesto a incendiarla. @analisistv











