Por Jesús Ramos
Es la época del chapulineo. Los últimos meses del año se cosecha este insecto. La gente de campo lo sabe. Y coincide curiosamente con el brincado de los políticos buscando en los partidos dónde pasar mejores elecciones.
Justifican el brinco con discursos de preocupación por la gente y el pueblo, cuando lo que les dio el impulso fue el interés personal. Saben que el año siguiente traerá nuevos presupuestos públicos a las arcas municipales.
También candidaturas para repartir dietas parlamentarias atractivas en los congresos estatales y en la Cámara de Diputados federal. Y como no quieren quedarse fuera del reparto, buscan acomodo en las fuerzas políticas.
Para muchos, el chapulineo es la traición de principios, pero para los políticos es estrategia de supervivencia. Saltan de partido para cambiar de refugio cuando advierten que el anterior ya no ofrece garantías.
El qué dirán no les importa, tampoco si ayer descalificaban a quienes hoy les abren los brazos. En política la memoria es selectiva y tiene intereses mezquinos. Hay ejemplos en el mes de la cosecha del chapulín.
Isauro López el Chawaro abandonó Movimiento Ciudadano para brincar al Partido Acción Nacional. Karina Pérez Popoca abandonará Morena para incorporarse al partido naranja. Y Roberto Solís hace rato que tiró su morenaje por la borda para migrar al Partido Verde.
¿Qué cambió sus convicciones? En las elecciones pasadas defendieron camisetas de un color con ideologías de conveniencia y ahora se mudan con pretextos absurdos.
Lo verdaderamente lamentable es que mientras la gente necesita políticos comprometidos con sus comunidades, quienes les representan se ocupan en no quedar fuera de la boleta por pretensiones de presupuesto público.
No son los únicos los chapulines aquí enlistados, otros saltarán de otros partidos a otras marcas sin preocuparse más por la gente que por sus apetitos personales.











