Por Jesús Ramos
El sábado pasado comenzó formalmente la carrera política de La Bonita Sánchez. Hacía proselitismo disfrazado de deportista desde hacía buen rato, se bañaba de pueblo y se mostraba en los escaparates públicos.
Hacía política a medias, un pie en la Secretaría del Deporte y el otro en la contienda partidista. Le faltaba el bautizo descarado que la incorporara de lleno en los asuntos electorales.
Y ya se lo dieron los que saben movilizar gente, organizar mítines y mostrarla en La Piedra del Rey donde fue mostrado Simba en la película del Rey León. Se acabaron las medidas tintas. A partir de ahora, La Bonita tendrá que aprender a hacer política y comportarse como tal.
Tendrá que aprender a convivir con la crítica, medir sus palabras, sus acciones, administrar sus alianzas y entender que los aplausos de una concentración multitudinaria no equivalen en automático a una candidatura.
Su participación en la carrera por la alcaldía de Puebla la coloca en un escaparate público. En adelante no será sólo la campeona que encontró en el servicio público una extensión de su popularidad deportiva.
Ahora será una aspirante que deberá mostrar si sus simpatías le son suficientes para sobrevivir en la jungla y si su nombre tiene el peso necesario más allá de los reflectores.
Gane o pierda la contienda interna de Morena, venza o sea vencida, ya obtuvo algo que no tenía antes del sábado pasado, credenciales políticas para sentarse en mesas donde se reparten candidaturas, se quitan por intereses ajenos o canjean por cosas locas.
Puntualicemos, eso no significa que tenga asegurado un espacio en la boleta electoral ni que su popularidad deportiva garantice votos. Significa que ha entrado a la conversación y que su nombre pudiera ser considerado para otros cargos.
En política, participar también es una forma de posicionarse y meterse en el conversatorio de poder. El desenlace no siempre coincide con la ambición original, pero la exposición pública deja huella.
Tendrá que demostrar desde hoy que sabe boxear fuera del cuadrilátero. Si bien en el deporte se gana con preparación, disciplina y golpes certeros, en política hay que lidiar con golpes bajos, desencantos y traiciones.











